Me parece  que hablar del currículo de alguien, hablar de la historia de alguien, de lo que ha hecho, de lo que no ha hecho de lo que dejó de hacer, de quién dice que es un genio, y quién dice que es un idiota; todas esas cosas a mí me parece que son un poquito distorsivas de lo que sigue y lo pienso así porque una vez llegó a mis manos una historia que a mí me gusta mucho y que siempre recuerdo en estas situaciones.
Esta es una historia que ha viajado en el tiempo  y el protagonista es un líder de una religión.  Cuando  la leí me impresionó tanto que quiero aplicarla en esta página:
El sacerdote  había sido invitado a una cena muy importante de gente muy pudiente, de gente muy influyente, en la casa de uno de los hombres más ricos de la ciudad. La noche era un noche terrible y tormentosa, pero, a pesar de esto, por supuesto, el sacerdote había comprometido su presencia; así que se subió a su carruaje y manejándolo él mismo empezó a dirigirse a la casa del señor que lo había invitado. A unos 200 metros antes de llegar a la casa donde iba a ser la cena, un rayo y un relámpago iluminó el cielo, el caballo se asustó del ruido y, entonces, se puso en dos patas, y el carruaje del pobre hombre se tumbó y el sacerdote cayó sobre la zanja que se estaba llena de lodo y de hojas sucias y de mugre y se ensució totalmente, desde la punta del pelo hasta la punta de los pies. Pero como estaba a 200 metros de la casa donde iba, pensó que no tenía sentido volver hasta su casa, sino que era mejor asearse un poco en la misma casa donde llegaba; podría dar una explicación. Así que se acercó a la casa y golpeó la puerta y un mayordomo muy bien vestido, muy elegante, le abrió la puerta y cuando lo vio así,  mugriento como estaba, pensó que era realmente un mendigo.
El mayordomo, que tenía de verdad muy malas pulgas, le dijo “¿qué haces aquí? ¿No te das cuenta que esto es una comida para gente muy importante?” Y él dijo, “sí, bueno, justamente yo vengo por la comida”. “Mira, si vienes por las sobras, las sobras van a estar mañana; porque hoy todavía la comida no ha sucedido; así que ¿Cómo puedes pretenderlas hoy?”. “No, bueno, podría, pero no vengo por las sobras”. “Ah! Claro! ¡No vienes por las sobras! ¿qué quieres? ¿comer la comida de los señores? ¿Pero cómo te atreves miserable pordiosero? Mira, vete, inmediatamente y cuando vengas mañana, ven por la puerta de servicio que por esta puerta no entran los mendigos y los pordioseros sucios como tú”. “No, pero es el que el dueño…” “Mira, el dueño de la casa, si llega a verte aquí y no te vas, te aseguro que te va a soltar los perros, que es una cosa que le da bastante placer hacer cuando alguien se pone rebelde; así que ya mismo te das la vuelta y te vas”. “No, pero es que…” intentó decir el sacerdote y apareció el dueño de la casa.
El dueño de la casa preguntó “¿qué pasa?” Y el mayordomo le dijo, “este mendigo pordiosero, que le dije que tiene que venir por las sobras mañana y el insiste que quiere la comida hoy, y ya le he dicho que se vaya y él no quiere, y yo le he dicho que si venías tú, te ibas a enojar”, dice “por supuesto que me voy a enojar, así que llama la guardia”. El sacerdote intentó explicar, pero vino el jefe de la guardia, y el dueño de casa le dijo: “guardia eche a este hombre de la casa y si no se quiere ir suelte a los perros para que lo echen”. No había nada más que le gustara al jefe de la guardia que soltarle los perros a cualquiera, con razón o sin razón; así que soltó los perros detrás del pobre sacerdote que chapoteando entre el césped salió corriendo del lugar y saltó a la cerca para que los perros no lo mordieran. Como pudo, rehízo su carruaje y se volvió a su casa.
Cuando llegó allí pensó si tenía que volver o no tenía que volver al lugar donde había sido invitado, y pensó que sí, que tenía que volver. Así que se enjuagó un poco la cara, y fue hasta su cuarto, abrió el ropero, y del ropero sacó una capa, una capa preciosa bordada en hilos de oro y de plata que le había regalado justamente el dueño de la casa donde estaba invitado. Así que sobre su propia ropa mugrienta se puso la capa y se subió al carruaje y otra vez fue hacia la casa donde había sido invitado. Esta vez llegó sin problemas, golpeó la puerta. El mismo mayordomo pulcro, igual que antes, abrió la puerta, y cuando vio al hombre con esa capa se dio cuenta de que era el invitado que faltaba y dijo, “¡ah! Excelencia, lo están esperando; pase por acá”. Y el sacerdote pasó. Vino el dueño de la casa y dijo “¡oh! Excelencia, lo estamos esperando; ¿algún problema?” “No, no, ningún problema”, dijo el sacerdote. “Están todos sentados en la mesa; si quiere podemos pasar, la comida está lista”. “Sí, claro”. Entonces, y todo el mundo se puso de pie cuando entro el sacerdote y el dueño de la casa le ofreció el sillón de su derecha como correspondía al invitado especial y todo el mundo esperó que él se sentara para sentarse; y cuando él se sentó, todo el mundo se sentó y el dueño de casa le dijo “podemos pedir el primer plato”. “Sí”, dijo el sacerdote.
Entonces trajeron el primer plato que era una especie de cocido con patatas y con carne y con tomate. Y entonces, todo el mundo hizo silencio, nadie iba a empezar a comer antes de que el sacerdote empezara; y el sacerdote, en lugar de empezar a comer, alargó la mano, agarró la punta de la capa que tenía puesta y empezó a mojar la capa en la comida. La gente miraba. No entendía qué pasaba. Se hizo un silencio terrible. El sacerdote dijo Hablando a la capa: “¿qué pasa, mi amor?, mira qué sabrosa la patata, saborea  el tomate, ¡qué rica está la carne! ¿No te gusta la comida que te han hecho?” Todo el mundo pensó que el sacerdote se volvió loco. El dueño de casa se animó a preguntar; dice “¿qué pasa? ¿Hay algún problema?” “No, ya le dije que problema no hay ninguno, pero esta invitación a cenar no es para mí; es para la capa; porque cuando yo vine sin ella, hace un rato, me sacaron a patadas y me echaron con los perros”.
Y cuento esta historia porque a mí me parece, con disculpas de aquellos que no les guste la idea, que todo currículo que cada uno tenga, que todo lo que cada uno tiene en su apellido, en el banco, en la casa donde vive, el auto en el que viaja, la ropa que usa, el renombre y el prestigio del que goza es un disfraz; y que somos básicamente mucho más que ese disfraz que llevamos; Que no es que no sea importante todo esto que hemos conseguido y nos hemos ganado; sólo que a la hora de la verdad es más importante lo que somos esencialmente. Y en este caso, con  este ejemplo de hoy quiero decir. ¿De qué serviría que yo diga lo que quiera decir si no llegamos a conocernos y probarnos acerca de los servicios o conocimientos que podamos aportarnos mutuamente? Y, por otra parte, si lo que digo no le sirve a nadie. Qué importancia tiene, si soy médico, analfabeto, premio Nobel; ¿qué importancia tiene?
Cada uno de nosotros somos quienes somos, y somos en esencia una persona; y esto quizás sea lo más importante.
Para quienes me conocen y son mis amigos y para quienes no me conocen y puedan llegar a serlo.  Lo importante de mi persona es que me defino como tal y que podemos empezar a tener una relación de amistad o de negocio, pero siempre con bases en la esencia de la personalidad, de los principios, de los valores  y de las habilidades y conocimientos que podamos aportarnos mutuamente.
Pienso sobre todo que como aporte a quién haya llegado hasta aquí en la lectura, que todos los seres humanos, cuando nos despojamos de nuestras limitaciones, somos capaces de lograr cualquier cosa, porque estamos dotados de muchas capacidades y talentos. Por tanto me considero presto de ofrecer mis servicios poniendo a disposición de quienes se interesen esas mismas capacidades y talentos, pero sobre todo la honestidad y la transparencia, valores que en estos tiempos se echan de menos.
Atentamente.
víctor g. flores

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